Arquitectura y UrbanismoSociedad

Ciudad Idea

Venía yo caminando por el Puente de las Flores. Como una pequeña onda expansiva que se aleja perezosamente del centro de la ciudad. El poniente aupaba los 21º reales de otro irreal mes de diciembre en Valencia. Cruzar un puente a pie resulta pesado pese a que al principio se aborda con entusiasmo. Para matar el tedio de los pasos no te queda otra que perder la mirada por doquier. El criarme en el campo hace que aún mantenga el gesto natural de mirar hacia las alturas. En la ciudad la gente focaliza en línea recta. En crisis, hacia abajo. En el sentido de mi caminata lo más alto que percibí fue la torre del Palacio de la Exposición, una edificación preciosa. Gótico florido. Elegante huésped de la Exposición Universal de 1919. Regia torre con chorreras color pastel. Un bellezón.

En el cénit de este éxtasis arquitectónico se me despertó esta refrescante idea: derribar todos los edificios antiguos de la ciudad. Y cuanto más antiguos, mejor. Todos. Aunque bien pensado, los seminuevos, también. Qué diablos, arrasaría con toda una ciudad para levantarla de nuevo de mano de jóvenes arquitectos que no tuvieran en su CV más que aquello proyectado en su imaginación. Qué audaces. Su sola directriz sería: “respetar el futuro”. Para evitar que estos arquitectos cayeran en la tentación de alimentar su ego, jamás sabrían que sus ciudades serían plasmadas en la realidad. Como en ‘El juego de Ender’, se les encargaría un proyecto al modo final de carrera. Ellos, pensando que no trascenderían el ámbito académico, que no traspasaría la teoría del aula, liberarían todo su potencial creativo sin ataduras, sin mermas ni desviaciones psicológicas. Y a esa ciudad la llamaría Ciudad Idea.

En ella los políticos no habrían ejercido antes. Y, como en la República de Platón, ni tocarían ni tendrían contacto con el dinero. Además, la amalgama de proyectos que hoy en día se confinan ‘laboratorios’ de carácter efímero y lugares abandonados de la urbe, adquirirían en Ciudad Idea carácter de arquitectura permanente. Y cuando abuelos, hijos y nietos hubieran crecido al amparo de ella… La volveríamos a derribar toda para que las nuevas ideas, para que la nueva Ciudad Idea se expresara en la realidad.


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